lunes, octubre 10, 2005



¡CÓMO AMARÍA... !

¡Cómo amaría que el rayo tremendo, este instante, fulminárame intempestivo y azotador!
El cielo triste y gris vierte, derramador cual crátera divina, un llanto lejano y sublime.
¡Cómo amaría que tierna mariposa, portadora de la vida, posárase cándida sobre mis cejas!
Haciendo de éstas la patria hirsuta y cálida de gérmenes perdidos, bebedores sedientos de
mis lagunas oculares.
El lecho seguro de un bosque frontal que ensombreciera mi visión y la plagara de vientos
rumorosos
¡Cómo amaría que el rayo tremendo, este instante, fulminárame intempestivo y azotador!
Pues, si soy hijo de la luna insomne cuál habrá de ser mi palidecer, sino el de un epígono de
todos los suspiros de desgarros venales.
¡Cómo amaría que tierna mariposa, portadora de la vida, posárase cándida sobre mis cejas!
Y que así como en un crepúsculo prematuro, colmado de preñez vigilante, se imprimiera
en mi rostro el retorno sempiterno
De un son vencedor, albor de los tiempos y que con un rocío vibrante se lavara el alud
atronador de mi corazón.
Pues, si soy hijo de la luna insomne cuál habrá de ser mi palidecer, sino el de un epígono de
todos los suspiros de desgarros venales.
Habitante de las zonas polares, en cuya blancura purísima se anuncia la zahurda de los
pesares, ¡deseoso anhelo mío pretendes
Que así como en un crepúsculo prematuro, colmado de preñez vigilante, se imprima en mi
rostro el retorno sempiterno!


ENTONCES ME HICE POETA.

De infante tierno
Me parecía a los algarrobos rociados
Donde cada pétalo era un intento,
Triste por las hórridas noches;
Placentero con las brisas perfumadas
De mar de canto de sal revoloteante,
De una libertad trascendente
En la existencia metafísica,
Concertada por los mágicos sones
De querubines desnudos
Y como en una procela
El naufragio redentor de los sentidos perdidos,
Donde creía hallar la ambrosía de los cielos,
La falsa esperanza que los hombres,
Pobres animales de mi tiempo,
Me habían enseñado.
Existía, pues, continente como un cofre,
Constreñido de los voraces apetitos
Y engalanaba, en bordando
Un manto florido con mis pasos pequeños,
De una santidad precoz mis mejillas,
Enderezadas a seguir las pasiones de mi primer maestro,
El Zen Jesucristo.
Mas: mis manos, mis ojos, mis labios,
Mis genitales y pensamientos acalorados,
No lograron jamás despojarse de la lasciva
Y colérica nutrición que obceca y empapa
Los pechos carentes e insaciables.
Era también, cual niño vulgar,
Primo cercano de los idólatras pueblerinos,
Juguetón en piernas hiladas,
Brizna exploradora urdía ensenadas,
Campos veloces, callejuelas tardías,
El sudor menudo mis sienes teñía;
Era, además, pendenciero mañoso,
De agravantes revueltas y mi ensoñación,
Ígnea y despierta,
Migraba en su fantasía hacia caderas afeminadas,
Porcelanas pizpiretas.
Apagado y sombrío de adolescente fui,
Hundido en hospitales mis debilidades sufriendo
Y en liza mis sentimientos,
Atrincherados valientes,
Morirían espirituales mis apoyaturas sepulcrales;
Desecados talentos sangraban,
Flautistas de trenos, los magullados lamentos.
A la sazón un querer solitario,
Un garbanzo olvidado,
Una vesanía eclipsaba mi cientificismo en padecimientos:
La familia en caída, longeva y preambular;
El amor, promisorio y lejano, sonreía promiscuo viniendo;
Los amigos, festines
Para los vivos y los muertos,
Edificando todo el camino en amargo sabor,
Mientras mi mirada extraviada,
Vagabunda, más y más, en lo azuloso de los vientos,
Hacía el pathos del Tártaro su incipiente trayecto,
Contemplando el albor del erotismo en cocimiento,
Tórrido, epicéntrico y pluvial;
Las llanuras se anegaban con llantos senectos
Y mi cabeza se emborrachaba tendida en el arenal,
Bajo la sombrilla mil Soles abrazaron mi pesar,
Para levantarme junto al Mar,
Como una estatua vestida,
Pues el viento mi ropa movía,
Entonces cantaron con el dolor místico
Las Sibilas de mi locura, sin fe,
Un encomio poético contrallo: a la Naturaleza, el Amor y la Desventura.

Viernes 17 de Septiembre del 2004, a un día de la
Conmemoración de la muerte del Negro.

viernes, septiembre 30, 2005

Mientras más verazmente nos mostramos ante el resto, tanto más categóricamente persuadimos y propugnamos acerca de nuestra gránitica vivencia, sin siquiera desearlo, pues somos la imagen santa y putrefactísima de esa alba e insalvable carencia ¡EL ASCO POR EL HOMBRE!
¡¡¡HOY ESTOY PEOR QUE HACE TRES AÑOS Y EL TIEMPO VIENE AÚN MÁS Y MÁS!!!

miércoles, agosto 31, 2005


II . DEL DINERO.


¿Qué es,
¡Oh, hermanos!,
Esa extraña y pútrida rarefacción,
Que cual aguas turbias
De un tranque añejado,
Iza sus fragantes humores,
Vaho coloreado,
Manos yermas,
Fulgor del poder atolondrado;
Hasta la nube preclara de mi espíritu alado?

¡Es el Dolo!
La turbación
Y el efecto insensible
Causado ¡oh prodigio!
Por el más sabio de los nigromantes.
Sólo él caldea,
Con su sopa ideal,
Los sesos nulos
Y mancha con tiña
El lecho nupcial.

¡Es la imprenta monetaria!
La gran industria,
El polvo seco,
El torpe televisor,
El aparato
Sangrante,
Exhausto,
Sabihondo
De la publicidad,
La PSICOLOGÍA DEL UNIVERSO,
¡Sí!
Y por sobre todo,
Más allá de la Materia,
Una gran IMPRONTA,
PROMETEDORA,
¡Cáliz del indigente, vacuo!
En lo ÍNTIMO DEL DESEO.

¡Dinero!
¡Jesús nuevo de los desvalidos!
¡Dinero!
¡Panacea de la vida!
¡Dinero!
¡Delirio del que triunfa!
¡Dinero!
¡Satanás de los castrados!
¡Dinero!
¡Realidad de los bosques!
¡Dinero!
¡Profundidad de las vaginas!

Y tu existencia NO ES:
En la boca de los peces,
En las uñas del ruiseñor,
En las llagas del carnero,
En las lluvias de los montes,
En los partos solitarios,
En los besos amorosos,
En la muerte de los tiempos,
En la afluencia de los ríos,
En los piojos de los niños,
En el peso de las papas,
En los pechos de las vacas.

Permutar, permutar,
Permutar:
El sexo concupiscente de una muchacha
Por un sello inexistente
¡Increíble, pero VALEDERO!
Comprar:
El laborioso fruto de la Tierra
Y los hombres:
Robles,
Manzanas,
Maíz,
Carne,
Vino,
Esto es,
Belleza,
Comida,
Muerte,
Vida,
Alegría o pena, borrachera;
Por el folio omnipotente,
Producto de maquinitas,
¿CONVENIO O IMPOSICIÓN CONSUETUDINARIOS?
¡Y todo para el bien del hombre!


¡Semejante,
quién da valor,
crédito
y poder
a ese rancio y sucio papel,
sino TÚ!
Fragmento algebraico
Y mensuración IRREAL
Es la Moneda.
Acto cartesiano,
¿Por qué no huyes aún,
Con tus despojos,
Al olvido del invierno?

Cifras de los cerdos,
De los apios,
De los diezmos
Y los cuerpos,
Ya nada escapa a ti
¡Economía!
Astrología del provenir,
Oráculo de los pueblos,
Granítico de los argumentos,
Geografía numérica de los mundos,
Fianza de los presos
Y anatema contra lo libérrimo.
¡Numerología!
El nuevo canto de los vientos,
Verdadero peso de la vida.
Mientras tanto yo desaparezco,
Cuando cierre mis tiernos ojos
Seré, al menos, un signo ( ---).

¿Acaso no lo veis?
¡cegados!
La mortaja de la muerte
Yace muda en vuestras manos,
Y de la cólera inteligente,
Pertinaz y ladina
Pende el magnífico estruendo de las ÉPOCAS.
¡Quemad, quemad esos papiros!
¡Encended con alcoholes
las piras del MAÑANA!
Y veréis rasgarse en llamas,
Con minerales microscópicos
¡Ay, del nobilísimo elemento!
¡De cenizas bienhechoras se reconstituyen las selvas africanas!
La pintura de esta Historia
Y de vuestra realidad malsana.

domingo, agosto 21, 2005


LA GUERRA AZUL.

Del siglo próximo
La guerra azul
De elefantes atómicos
Devorando proceloso
Con inmensos tubérculos
En sus infestadas molleras
Las urbes arrastras
Las ubres terráqueas abiertas
Suscitadas delgadas
Por succiones últimas
De jirones violentas
Los lentos virulentos
Tiran mansa la yerba
Por decaídas mechas
Marchitas de cosas
Ingenuas benignas
¡Oh hombres!
Gigantes varones
Los hitos llorones
Sus dientes floridos
De mierda inaudita
Carcomen glotones
La hidra austera
Los siente inquieta
¡Fragor de los cielos
Derruyes cautelas
Levantes mojones
De hierro aterra
De enferma histeria!
Se yerguen insanos
Los días de olvido
Melodioso se cuajan
Sabiduría y un postrero oído.

I. DEL ESTADO.

Del estado agónico del espíritu humano,
Como el gran brinco estelar de un jumento maltraído,
Has nacido tú, ¡Estado!, FICCIÓN gastada de los populares,
Canto vacuo e inmaterial de la estólida razón.

Si de utopías y sueños groseros,
Miasmas pobres y abstractas de nuestro género,
Esperanzas vanas con nueces duras y agrias;
Te constituyes insolvente cual las encarecidas ilusiones de los mozuelos.

Un intento aterrado hacia la IMPOSIBLE gracia supranimal,
Mohínos tus departamentos y poderes inexistentes,
Pero efectivos cual ligas de rameras, levantan una bandera eyaculada y un himno resfriado,
Que cuentan de las glorias y las muertes en tu nombre.

Mas no sois más, ¡Estado!, que un medio migratorio,
El pelechar enojoso en la era de lo increíble,
Un nimbo gris para regar los bosques llanos y desiertos,
He aquí vuestra misión: ¡amaestrad al homo servus, oh, Estado!

Pues sólo sois el momento evolutivo y la necesidad de una legislación,
¡Suprema legislación! Y corte para el vasallo.
¡Ay de los menos, cuántas ruinas han de cargar
en pos de la especie tarada! ¡Ay! Y al Universo preguntamos: ¡para qué!!!

Autonomía con ley foránea los salameros del Estado declaman;
Pero unos pocos ajemos autarquía propia hilvanan.
Por eso, ¡oh, Estado!, te concibo palmariamente aparato
Bajo, ilusorio, feo, pestilente y utilitario de los retrasados.

Un bloque pétreo por tu título se ha edificado,
Ampuloso y de alhajas tus habitaciones se han pintado,
¡Estado! Y del púlpito de tus balcones los discursos y dislates se han elevado
De presidenciales bocas hasta las tropas hediondas que te han alabado ¡Estado!

Una construcción, un rostro, tres poderes
Y un montón de almas infecundas abrazan gozosos tu CREENCIA;
Pero mi mirada ríe de tu desplome a lo lejos, ¡Estado!,
Derrocando todo espectro mi espíritu es la ÚNICA VERDAD del Homo erectus,
contra tu honra y REALIDAD ¡Estado!

miércoles, agosto 17, 2005

Mi deseo, ¡ay, mi oceánico deseo!, parece haberlo tocado todo, cada cosa, sensible o insensible, rozada con el natural derecho de mi alto pensamiento y este animoso corazón mío, y como húmedos pétalos besando, tangenciales, los mundos enteros - un poema nacido - humanos han ido creciendo continuos e hirsutos.
He adquirido, a lo largo de esta: mi corta vida, una serie de ajados recuerdos, de violetas vivencias, de insuflados anhelos como cargados desde los inasibles cielos en gotas rapaces, vívidas calamidades, asuntos pequeños, grandes y torpes; ¡ay! y de este acopio variable e inmenso ¿qué ha permanecido? Sólo las formas arcaicas y primigenias: la sonrisa y el llanto.
De adolescente cual un vago y encendido proyectil disparado, sin acierto enconado, pero veloz, veía volar por las noches difuminándose mi existencia rosada y tremenda, admirándome agitado de esa fúlgida estela que iba dejando detrás de mí el atronador ahínco. ¡Nunca mayores encantos, desilusiones y fanfarrias! ¡Tambores! Sí, triunfantes y funerarios: excequias y jolgorios, el eterno tiempo. Para entonces germinando en mi pecho una loca lucha: brutal, constante, placentera, quizá gratuita. De todos modos, era un arcángel en los cielos, a todas luces un divino absoluto y la humanidad se me despedía con una carcajada en el alma, pulcra. En mi paraíso amador y desplomado. Rimbaud había errado, pues para ser ángel menester es con la belleza uno no haberse peleado. Angelidad: de blanco y negro ánimo sublime, ante todo un diálogo claro con lo templado y lo aterido, con las formas y los movimientos adiestrados, y la enfermedad de la más preclara belleza ahondada profunda en el verde seno, inoculando temprana su celestial engaño, tenue y feroz, lo mismo que un imposible realizado. La vesanía adolescente fue, así, un devaneo inmaduro, sobradamente inocente y de paz y de odio se nutrió con orgullo ¡Oh, vibrantes momentos en tus amarillos regazos de luz sempiternos, mágica y dolosa BELLEZA!
Hoy voy arcángel caído. De ese velo engañoso mis brillantes ojos, de siempre niño, han conocido y removido. Una colosal sabiduría se ha edificado elevada en mi algebraica cabeza, y ahora ámote y despréciote ¡Belleza! Lo bello, no en sí mismo, sino su doloso y mañoso obsequio. Místico viajo por los días y de lo bello y volátil – como las fugaces estrellas en muriendo monstruosamente – hago un vertiginoso camino, de tierra olorosa saltando de roca en roca por caudalosos ríos, danzando impensado en los pináculos montaraces y finos, a un desliz el mortal abismo, simplemente.
Por lo demás, en este actual período mío - podría decir - he ganado en sapiencia y olvido, y hasta cuestiones azules, lozanas, manchadas – de vino, de adioses, amores y miserias -, ligeras, pesadas y groseras he resuelto momentáneamente. Entonces, ¿qué es un arcángel caído? Básicamente: la pérdida de una estulta inocencia, no tanto pueril como adolescente. Exilio de mi paraíso fue enfrentar mis horrores ¡ay, y cuán dura y punzante es la aguda daga que hiere donde más nos aterra! El hombre, sí, los hombres han sido siempre para mi un gran problema. ¡Lo populoso un atentado ordinario y contrario a mi indecible libertad! Cuando tenía tres o cuatro años temía a mi familia, ya que extrañamente presentía en ella una carísima ofensa a mi espiritualidad lívida ¡Oh, noches insomnes! Y era a la sazón Gregorio Samsa entumido e imaginístico. En efecto, para mi ansiado alivio el óbice inextirpable lo ha constituido la indeseable compañía ¡LA IMPOSIBILIDAD DE LA SOLEDAD COMO UN DESGARRADOR CASTIGO!
Al revisar mi azor pasado contemplo el pertinaz intento de una excelsa liberalidad, como una recuadro ajeno, necesariamente, al estorbo permanente de la excesiva humanidad. ¡Silencio! Un endrino respirar, respirar, respirar, ... Adolescencia: pestilente botón de terrible gloria, mi soledad solitaria y loca a un tranco del hospital, un mundo pintado en la epifanía, poetizado y crepuscular. Mas en definitiva el hombre es social.
Mi caída: el trabajo, la familia, los estudios, las inmutables comidas, y hoy transito por las calles carnal. Saludo, gobierno, refresco, agoto, exhumo, valoro, tapizo, y barro por doquier, de mi vida al tacho la vana tontería: arcángel COMO UN HOMBRE, TODO HOMBRE. ¿Tristura? ¿Fatiga? ¿Descontento? ¿Alivio? ¿Presidio? La real realidad, pero no soy – jamás lo he sido - un tipo tibio. Aun han retornado las viejas velas alucinatorias de la urbana amistad, la recojo entre los rojos dedos cual cachureos y piojos ¿La amistad? El ron, el baile, el pisco, el fuego, las carnes, las brochetas, la cerveza, los juegos y las primaverales avenidas plagándose de azahares los ciruelos, nuevamente, la ciudad. No cuento el vino, éste es transversal y de él el oficio que crea alfabético, ¡fantásticos mojones!, la poética cual selva virginal.
Sin embargo, marcharme lejos quiero ¡Ay, púber incansable amante de los calmos lirios! Y mi feroz amor deviniendo a la vez amargo, bucólico y bañándolo todo en melifluo.
Emancipado absoluto pues no peco, nunca lo he hecho ¡La emancipación es redundante! Permanezco:
¡Intacto!
Como los pies de los niños
¡Intacto!
Como el cantar de los grillos
¡Intacto!
De las femeninas cabelleras los cintos
¡Intacto!
Un humo perecedero de los notables cigarrillos
¡Intacto!
En el rostro los jirones del frío
Fundaré magnánimo el arte de la sanguínea siembra, y como el más peligroso de los padres haré de mi hijo el DIVINO. Yo que he charlado amatorio con la mística Naturaleza volveré las manos tiernas y rudas a lo humano benigno, fiera entre las fieras, inteligente y animal, y con entrada noble los gestos vacíos de atavíos el regreso al hogar.
Nada me es indiferente, mi hálito universal por el oscuro espacio se ha difundido y con titilares estelares su impresión ha acaecido: en la piedra, en los cielos, en arroyos tardíos. Generoso en mi espíritu glauco amparo con odio y cariño lo que bendigo y maldigo, y mis brazos ignotos infinitos se extienden más allá de los vulgares sentidos: YO SOY EL COSMOS Y EL REGALO PERDIDO.
Todos vosotros anheláis codiciosos lo que yo ya he encontrado: TRASCENDENCIA, y lo amo y lo odio, naturalmente. Yo sé: lo que quiero, lo que dejo, lo que omito, lo que trueco, lo que soy y lo que el hombre devino. El resto ¡Oh, vosotros estáis necios, cortos de pensamientos, breves en la cólera y pobres en el astral amorío! Mientras energético el cableado las gentes vislumbran e instalan, yo transfigurado oscilo y el viento invisible empuja mis pies como sabio amigo.






domingo, agosto 07, 2005

A modo de prólogo.


Hier ist die Aussicht frei,
Der Geist erhoben
Goethe
A modo de prólogo.

De cuando en cuando vuelve a florecer en mí una antigua inquietud: ácida, amarga, tenebrosa, presque fatal! Ésta no se refiere en modo alguno a las puerilidades más lisonjeras que puedo pensar y que a veces - aun a este espíritu mío de hierro y de dulcísimo vino animado - en los momentos desatendidos me gobiernan y apresan como una magna diadema de idiotez humana ¡No, no, no! No se trata, sin duda, de aquellas pseudocavilaciones vulgares del tipo: ¿Y para qué escribo?, ¿sobre qué realmente canto? (como preguntas psicologistas), o peor aún ¿para quiénes escribo? y ¿será mi verso grato y venerado?, o más nefasto ¿será para la gente mi obra una respuesta? ¡Al diablo con ello! Para un hombre como yo estas son cuestiones resueltas sobre los hedores tremebundos de los baños, emanando de las tazas con resaca y un cigarrillo en la mano ¡quizá! Aquello que medra primaveralmente en mi corazón es esta otra cuestión muy distinta, más callada, más lejana y propia: ¿qué es hoy ser un artista del hambre?
¿En qué nos diferenciamos nosotros, los artistas, de esos otros gladiadores del espíritu, los añejos anacoretas? ¡En nada y en todo! En la fe, el candor servil en los sentimientos, los ánimos de sujeción y salvación de la tradición y el hombre ¡La tradición y el hombre! ¡Será posible! En buenas cuentas descubro ahí una extrema gradación de la libertad, un salto rampante como del gorrión tímido a los desafíos aguileños. En conclusión, un pureza en la embriaguez y el ansia, el miedo o el destino inexorables hacia la Destrucción. ¿qué es hoy ser un artista del hambre? Grosso modo, lo mismo que ayer, esto es, estar enfermo, gravemente, de un mal incurable, de una maldición secular ceñida sobre la mollera de unos pocos:
Race de Caïn, dans la fange
Rampe et meurs misérablement...

Race de Caïn, ton supplice
Aura-t-il jamais une fin?
Y tanto más los horrores, las cegueras, los desvaríos, los desatinos, los batacazos,
la nausea y, por supuesto, la alucinación, la GRAN alucinación ¡Ay, como una revelación y pereza excelsas, allí donde las nubes se besan! El MAL BENDITO POR UNO MISMO. Del vicio a la virtud un abismo, y mi orgullo da el valor con desdén a los mundos enteros. Buscar derruir lo edificado: las épocas, las mediciones, los artificios groseros, las gargantillas de oro en los cuellos de las viejas resecas, y las aborrecibles creencias de baja ralea, y las aborrecibles creencias de los bellacos del alma! ¡Todos tarados, la genuflexión frente a Jesús únicamente porque fue crucificado! Y, a la vez, acariciar, domeñar y ordeñar, ¡suculenta leche!, mi bestia perfecta ¿sobrehumana o infrahumana? ¡Bagaletas, da igual! ¡Celestial, sí, como los ojos insaciados de los niños y la preñez! ¡Voluptuosidad y embriaguez! Yo juego conmigo: agredo, terrible, lo estático y erigido, y al ver el ébano calmo del mar llamo rabioso, corruptor y con savia de ignominia a Posidón, vale decir, castigo lo llano en cuanto ya no se levanta, CUANDO LA QUIETUD ES UNA PLUMA QUE YA DEJÓ DE CAER, la sosería. Y por eso escudriño una salida novísima con la daga, el puñal, EL DOLOR sobre mi animal desbocado pero valeroso, un brío mayor a todos los posibles y lo amo y lo ensalzo, en medio de cada uno de los senderos errados, impensables y testarudos:

Busco en la muerte la vida,
salud en la enfermedad,
en la prisión libertad,
en lo cerrado salida
y en el traidor lealtad.
Pero mi suerte, de quien
jamás, espero algún bien,
con el cielo ha estatuido
que, pues lo imposible pido,
lo posible aun no me den.

A veces pienso cuánto deseo cesar de pensar y sentir. EL SUFRIMIENTO EN CUANTO COPA DE LA QUE BEBEMOS Y QUEREMOS BEBER, AUN LIBAMOS con soberbia de infantes, un prodigio y la miseria generosa como un bellísimo río en el verso, en la obra. Ante todo un recogimiento frente a la imagen praxitélica del pequeño Dionisos sobre los brazos de Hermes, ávido de bayas, y con el entero porvenir del desgarro ¡ZAGREO! Cual un epopto he visto, claramente, esa imagen próxima a mis ojos y he dicho: “¡Hijo, corre, salta, escapa!”, y tus manos se extienden tiernas hacia las parras demandándome uvas, mientras en tu temple divino barrunto la tragedia. ¡Cuán sabroso, vivificante y destructor es el amor! Éste es hermoso pero siempre camina mal, y cae ¡Y cae fuerte con el rostro ensangrentado! Pero glorifico a mi hijo y el amor:

Cándido y lento,
Cual la aurora sempiterna,
Una mirada exagerada
Y contemplativa, desde mis brazos,
Con todos los diamantes revestida
Y relucientes de lo imperecedero.

De todos modos, un artista del hambre ha estado siempre más allá de la redención y la reintegración social, el cuidado, las comodidades, el alboroto sonso de los supermercados universales, el gusto social, el bien social. Sombrío y una soledad mía, sólo mía, procurando estar exclusivamente con los que quiero ¡El resto que se fría! La normalidad, la sociabilidad, la cordura, el respeto, la opinión ¡Cuán poco respeto siento frente a la mayor parte de las opiniones ajenas! Criterios actuales de probidad y hombre sano, votante democrático, cívico y adulador del televisor.
A los sacerdotes la gente ya no les concede la salvación, excepto la mujeres mayores, pero hoy tenemos psicólogos y alicientes, todos gritan: “¡Pare de sufrir!”. Sí, hoy tenemos psicólogos y sacerdotes, lo mismo, ¡psicología para el pueblo, la religión del mañana!, salamera de la economía, panegirista de lo LLANO.
Mientras tanto paseo solo, o con mi amada y mi hijo, y fumo, y canto con desdén al mundo. ¡Ah! ¿Y el dulzor? Ese es secreto para pocos, no se nombra con evidencia, se reviste de vesanías en los bailes de las florestas y suspiros del viento.